Ciclo Palomitas XX: Espejito, espejito mágico, ¿qué película es la más bonita?

Érase una vez un buen amigo que hace poco tiempo me regaló un precioso libro recopilatorio de cuentos de los Hermanos Grimm. Ese detalle es el que me ha llevado a tocar la temática de los cuentos clásicos en el mundo del Séptimo Arte en este nuevo post. Espero que sea de vuestro agrado.

En la actualidad se nos presenta una curiosa paradoja: sin duda, nadie ha carecido de la presencia de los cuentos clásicos en sus vidas pero, ¿realmente sirve para algo el cuento en tecnópolis? Cuando nos referimos al cuento no sólo pensamos en algo lúdico sino que debemos tratar de imaginar el valor educativo del mismo y la importancia que cobra su lectura y la posterior reflexión del sentido que encierra. Divertir y educar son los dos pilares sobre los cuales debemos abordar la aproximación a cualquiera de los cuentos clásicos. Cada uno de estos textos, ya casi intemporales, encierran un pequeño tesoro literario y vital. Este carácter fértil y enriquecedor supone que nos hallemos ante un medio muy eficaz a la hora de formar seres humanos completos y plenos.

Los cuentos clásicos atribuyen su adjetivo a la tradición que se ha forjado en torno a los mismos, y sobre todo a cómo se han transmitido de generación en generación. La evolución del tiempo ha supuesto que las historias de carácter mítico pasasen a convertirse en leyenda, y finalmente en cuento. No es de extrañar pues, que ya en el renacimiento podamos hallar textos como los de Giambattista Basile, el cual en su Pentamerone ya alude a clásicos como la Cenicienta, a la cual denominaba La Gata Cenicienta, y es que CendrillonCinderella o simplemente Cenicienta representa una determinado valor que se mantiene constante pese al paso del tiempo y la evolución de las sociedades y es que más puede la hermosura que billetes y escrituras.

Posteriormente, en el siglo XVII, Charles Perrault nos premiaba con una serie de cuentos que se nutrían directamente de fuentes primitivas. Así, no podemos olvidar la famosa Le Petit Chaperon Rouge, en la cual una hermosa niña desatiende los consejos sociales y acaba engullida por el lobo, en clara alusión a la advertencia para niños de no hablar con desconocidos. Después, en el siglo XIX, los folkloristas Jacob y Wilhem Grimm recopilaban cuentos y nos proporcionaban nuevas versiones de la ya mencionada Caperucita Roja, de Blancanieves o Hansel y Gretel. Es muy interesante saber apreciar las diferencias que se establecen entre distintas versiones de un mismo relato ya que nos proporcionan visiones diferentes de la realidad y sin duda alguna nos enriquecen en nuestro constante crecimiento como personas.

En este breve recorrido histórico que incluye a algunos cuentistas de los que se han elaborado versiones para niños (ya que desde un enfoque más amplio habría que incluir otros clásicos como por ejemplo El Conde Lucanor) no podemos dejar de referirnos al autor que hace siete años celebró su segundo centenario: Hans Christian Andersen. La aportación del autor danés al mundo de los cuentos que luego se han transpuesto al mundo infantil es notable y decisiva. Si no, remitámonos a las pruebas: El soldadito de plomo, El traje nuevo del emperador, La niña de los fósforos, La Sirenita, El patito feo, etc. Todos estos títulos unidos a los anteriores vienen a conformar un potente compendio de clásicos que, en este caso, se han orientado hacia el público infantil, y en los cuales podemos encontrar diversos valores relacionados con la humildad, con la bondad, con la astucia, la diversidad, etc. Y de igual manera, nos encontramos con valores más negativos como pudieran ser: el abandono familiar, la envidia y el egoísmo, entre otro.

La alabanza de estos cuentos clásicos en una sociedad con las características de este siglo en el que nos encontramos no es una tarea fácil, ya que el libro impreso choca con la era digital. Es difícil animar a leer y sobre todo, encontrar horas para el cuento. Los cuentacuentos se han convertido en actividades de tipo puntual y programadas, pero en mi opinión deberían ser más espontáneas, restando carga artificial y proporcionando más improvisación y emotividad. Pero es tarea ardua cuando los contenidos ofrecidos a través de la pantalla televisiva ejercen su influencia negativa sobre la infancia o cuando las veinte actividades extraescolares dejan exhausto al infante.

No nos engañemos, dos de los grandes motivos de que los cuentos clásicos hayan pasado a un triste segundo plano en la vida cotidiana de nuestros pequeños son la falta de tiempo (del niño y de sus familias) y la comodidad por parte de todos. Recuerdo cómo mi madre me leía un cuento antes de irme a dormir o me ponía cintas de cassette para escuchar la  narración de múltiples cuentos y yo solía dibujar lo que me transmitía o lo que me inspiraba aquella audición. Tengo muy buen sabor de esos momentos y me gustaría poder inculcar  esta forma de educación y no caer en el dominio absoluto de las consolas,  la Wii
y la televisión, que más que despertar el interés, la curiosidad y la imaginación del niño, adormece su mente paulatina y despiadadamente. De todas formas, si en casa no es posible lograrlo, siempre podemos recurrir al ámbito escolar. Y es que en la etapa Infantil y en Primaria, este tipo de cuentos clásicos se convierten en un recurso didáctico de gran utilidad para el profesorado, ya que en él encuentran reflejados buena parte de los contenidos curriculares que deben desarrollar a lo largo de los distintos ciclos. Los cuentos son sinónimos de labor lingüística y literaria, la dimensión educativa que se reseñaba al principio de este post, y en la misma se trabaja vocabulario, estructuras gramaticales, aspectos no verbales… Por otra parte, no se destierra la cara lúdica de la utilización de los cuentos ya que la atención que generan, la emoción y el ritmo vivo y ágil, impulsan que el entretenimiento sea una realidad con su uso. Evidentemente los cuentos clásicos no son la panacea de la enseñanza, ni tampoco abarcan todos los contenidos, pero sí pueden ayudar a reinventar un poco la dinámica de las aulas. Me consta que gran cantidad de docentes trabajan con los clásicos y forman de una excelente manera a su alumnado, por ello mi anhelo es mayor y animo a que el profesorado en formación pueda acceder a las posibilidades que este tipo de textos les ofrecen.

Hay que pensar que todos los personajes reseñados en este texto forman parte de nuestras vidas y de alguna u otra manera han conformado nuestro ser, ¿quién no lleva en su interior un Sastrecillo valiente o una Rapunzel? Aprendamos pues de nuestra tradición cultural, en este caso occidental y reflexionemos acerca de que todo momento es bueno para leer un cuento para uno mismo, a otra persona o a un auditorio, y de igual modo, que hay que aprovechar eventos relacionados con los cuentos para crecer y enriquecernos con sus enseñanzas.

El cine resulta ser una vía de realización en la cual los cuentos clásicos pueden encontrar nuevas versiones, y sobre todo, nuevas posibilidades. A lo largo de la historia, los directores de cine han adaptado los más famosos cuentos tradicionales para niños. Alguna vez han dado lugar a títulos memorables.

El cine y los cuentos tradicionales para niños han sido felices juntos y han comido perdices desde que el ingenioso George Méliès (inventor de los principales trucajes cinematográficos básicos) le puso imágenes a La Cenicienta, de Charles Perrault, en 1899. El film es todo un clásico de los tiempos de los grandes pioneros del cine.

Genialidades aparte, como La bella y la bestia del francés Jean Cocteau, el que mayor tajada ha sacado es Walt Disney, que al principio de su carrera convirtió el mediometraje “Los tres cerditos” en una metáfora de la era Roosevelt.

Tiempo después, el creador del ratoncillo Mickey Mouse produjo el primer largometraje animado titulado  Blancanieves y los siete enanitos, versión fílmica del inmortal clásico de los hermanos Grimm, cuyo éxito propició hitos como La cenicienta o La bella durmiente, ambas también de Perrault, sin olvidar versiones de clásicos más modernos como Pinocho de Collodi y Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll.

Fallecido el fundador, su productora realizó joyas como La sirenita, a partir de la obra de Hans Christian Andersen, y la versión animada de la citada La bella y la bestia, que viene de una historia inventada por Leprince de Beaumont. Otros autores se han decantado por adaptaciones semirealistas como El flautista de Hamelin, de Jacques Demy a partir del célebre relato de los hermanos Grimm, o Por siempre jamás, con Drew Barrymore como Cenicienta.

Más fiel al original es Willow, fantasía heroíca del oscarizado director Ron Howard, en la que un sólo enano protegía de su malvada madrastra a una Blancanieves bebé. Es fácil rastrear la huella de La Cenicienta en títulos muy conocidos, como Pigmalión, My Fair Lady (con Audrey Hepburn) o Pretty Woman, mientras que Jerry Lewis se convirtió en el protagonista de la hilarante El ceniciento, la versión masculina del cuento.

Por otro lado, la influencia de Caperucita Roja es fácil de detectar en cualquier “road movie”, pero también en la terrorífica En compañía de lobos, donde el prolífico Neil Jordan le sacaba partido a un impactante maquillaje y a Angela Lansbury como abuela. En la comedia Entre pillos anda el juego, John Landis actualizó la trama de El príncipe y el mendigo, memorable obra de Mark Twain.

Tampoco les ha ido mal a cineastas que han inventado sugerentes fantasías que recuperan el aroma de los viejos cuentos, pero desarrollan nuevas historias. Se lleva la palma La princesa prometida (1987), donde Rob Reiner adaptaba una novela del reputado guionista William Goldman sobre un criado, reconvertido en pirata enamorado de una bella heredera al trono.

En la misma línea se sitúan títulos como Lady Halcón (1985), de Richard Donner, o Cristal Oscuro (1982), apoteósico mundo mágico creado por Jim Henson. Hace unos años dio la campanada Shrek (2001), adaptación de un libro moderno de William Steig, toda una vuelta de tuerca que parodiaba el género incluyendo personajes de los más conocidos cuentos.

En definitiva, no han faltado grandes adaptaciones al cine de conocidos cuentos y tampoco han sobrado. Habrá quienes piensen que los cuentos clásicos están trasnochados en el siglo XXI. Es importante que entendamos en qué época fueron escritos en origen  pero, por otra parte, la enseñanza, su moraleja es real, tiene sentido antes, ahora y siempre. No caduca. Verdad es que el papel de los personajes, en algunos casos, resulta ya un poco desfasado y quizás se note aún más en la forma de mostrar los personajes femeninos. ¿Qué imagen de la mujer nos viene la cabeza cuando rememoramos un cuento clásico? Creo que no me equivoco si la primera palabra que cruza nuestra mente es: princesa. Y después de eso nos vienen cualidades no muy positivas como: pija, niñata, sumisa, llorica, egocéntrica, débil, resignada… y después de todo eso, siempre nos quedará que es bella (físicamente), esto no puede fallar. Que la princesa sea hermosa y la bruja sea horrible (excepto en Blancanieves) es una característica propia del cuento clásico ¡siempre!. No debemos cambiar la esencia original y auténtica de los cuentos pero sí que estamos a tiempo de modificar perfiles en los personajes en movimiento de una película de animación. De hecho, ya hace mucho que se intenta, pero por poner un ejemplo reciente, díganme si no notan alguna pequeña diferencia entre la preciosa, resignada y paciente Rapunzel original de los Hermanos Grimm y la “inocente” Rapunzel moderna que podemos ver en la película de Disney Enredados (2010). Si no saben de lo que les hablo, sólo tienen que observar la imagen que he puesto al principio de este post… ¿no ven diferencias? 😉

Creo que es suficiente para un único post, ¿no? Finalizo aquí así que tratándose de esta temática diré que… ¡Colorín Colorado! este cuento se ha acabado.

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Acerca de gema82

Soy una apasionada del 7º Arte, una enamorada de la la fotografía en las películas, de las grandes bandas sonoras y por supuesto de los excelentes actores y actrices que hacen que las historias se tornen realidad ante nuestros ojos.
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Una respuesta a Ciclo Palomitas XX: Espejito, espejito mágico, ¿qué película es la más bonita?

  1. Megan dijo:

    ¡Qué hay! Qué buena idea expresar esta visión pedagógica y cinematográfica de los cuentos clásicos. Me encanta. El cuento que me leí mil veces cuando era una enana fue “El gato con botas”. Ahora ese gatito con la voz de Antonio Banderas me vuelve loca, jaja. Saludos y que continúe la fiesta.

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