Ciclo Chocolat LVII: Una crítica personal “de película”: “Serenata nostálgica” (George Stevens, 1941)

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¡Y regreso con otro clásico! Sin duda, mucho antes de lo que hubiera imaginado. Anoche vi con atención y curiosidad este filme, “Serenata nostálgica”, dirigido por el californiano George Stevens (1904-1975), también responsable de grandes trabajos como: “Gigante”, “Un lugar en el sol” o “La historia más grande jamás contada”, entre otros.

Cierto es, damas y caballeros, que el título no invita al humor precisamente, y la sinopsis, de primeras, no es de esas que atraen a todos los públicos, hombres y mujeres, sino que a día de hoy, ambos sexos podrían renegar de una historia así, y sustituirla por “La matanza de Texas”, por poner un ejemplo bastante alejado de la sintonía en la que se mueve la película que hoy nos ocupa.

Frente a ustedes se presenta en este instante una conmovedora historia totalmente carente de comicidad alguna y repleta del realismo más oscuro, melódico y trágico. Cary Grant (“Historias de Filadelfia”, “Tú y yo”, “Con la muerte en los talones”, “Charada”…) e Irene Dunne (“Ana y el Rey de Siam”, “Cimarrón”, “Dos en el cielo”…) interpretan a dos personas que se enamoran y terminan contrayendo matrimonio en breve espacio de tiempo, y en circunstancias algo apresuradas. Por determinada causa, no pueden tener descendencia y recurren a la adopción. Todo se sucede, una cosa lleva a la otra, la vida hace de las suyas y… fin. No voy a darles más detalles. Véanla.

Dos horas de vivencias conyugales, con sus más y sus menos, con sus alegrías y sus penas, y de fondo, un disco de vinilo que sabe a recuerdo, a tiempos mejores, o simplemente, a una vida diferente llena de vivencias felices, y de las que no lo son tanto. Tengo que decirles que no se trata de una película atemporal. Confieso que se nota que no es de este siglo. La mentalidad de la época en lo que a pareja me refiero está algo desfasada. Surge una sensación casi depresiva ante el hecho de no poder tener hijos y eso lo focalizan solo en la mujer, una mujer que parece una muñequita ignorante y dependiente. Luego aparece la idea esa de que el hombre desea el varoncito como algo generalizado y de lo más natural, aunque la perspectiva luego cambia en él. Además, con cierta sorpresa, me percaté de que muestran la creencia de que un matrimonio sin hijos no tiene razón de ser, y debe romperse. En ese sentido, terminé escandalizada. Creo que en pleno siglo XXI la pareja es totalmente independiente a la descendencia y su felicidad, entre ambos cónyuges (mutuamente) nada tiene que ver con si hay hijos o no. Quiero pensar que una pareja ya es una familia, y no incompleta. Por otro lado, me sorprendió, el proceso de adopción para los años 40… En España no estaba tan normalizado en aquel momento. En este aspecto sí que el clásico se presta a cierto avance social, aunque no acabo de ver cómo tratan esta realidad en sí. Dicen que los hijos adoptivos pueden ser tan queridos por sus padres como los hijos biológicos, ¿verdad? Bueno, pues en esta película parece que los hijos adoptivos son ruedas de repuesto; se te pincha una y vas a por otra. Me generó incomodidad cómo parecía que adoptaban hijos, no por estos en sí, y por su bienestar, sino por llenar un vacío, una insatisfacción, una infelicidad que el amor conyugal no podía erradicar por sí solo.

Queridos lectores, la serenata no es tal, y tampoco es nostálgica, quizás el título más acorde hubiera sido “Saeta taciturna” o “Sonata suicida”. En este filme lo esencial, que es la vida, se convierte en algo secundario. El amor romántico queda al margen, desviado totalmente de lo que causa gratificación o es fuente de alegrías. El hueco que deja la pérdida se llena de una manera superficial y floja. Los protagonistas transitan por esta existencia, pero no viven, no luchan, no apuestan. Van a lo sencillo, sin más. Me choca bastante que el Sr. Stevens tocara un tema tan delicado con vitaminas de funcionalidad. En cierta manera, estos dos protagonistas me recuerdan, con distancia, por supuesto, sin ilegalidad o delito, al personaje interpretado por Montgomery Clift en “Un lugar en el sol”: alcanzar objetivos sin más. Solo importa uno mismo. Ir a lo práctico y ya.

A ritmo de balada, lenta, lentísima, transcurren unos años de vida, de lamento, de dos personas que deciden convivir pero que no disfrutan juntos, que no se llenan. Puede resultar la película, en algunos momentos, incluso aburrida, pero a mí, como espectadora, la indignación, la decepción, no me permitió soltar ni un solo bostezo.

Sin más comentario ni protesta o queja, califico este trabajo con un 5/10, valorando en mayor medida la interpretación de dos estrellas del Hollywood clásico que, sin duda, están por encima de las posibilidades de este filme. Ellos, su presencia, salva esta serenata.

Muchas gracias por su incondicional lectura de este espacio.

Un cariñoso saludo.

Gema Mª Gómez del Barco – De la mano del Séptimo Arte

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Acerca de gema82

Soy una apasionada del 7º Arte, una enamorada de la la fotografía en las películas, de las grandes bandas sonoras y por supuesto de los excelentes actores y actrices que hacen que las historias se tornen realidad ante nuestros ojos.
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