Ciclo Chocolat LXXX: Una reflexión personal sobre la película: “Los puentes de Madison” (Clint Eastwood, 1995)

 

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      La fascinante, intensa y breve historia de amor y pasión entre Robert y Francesca, que se encierra entre las hojas del libro ‘The Bridges of Madison County’, publicado por el escritor tejano Robert James Waller en 1992, fue traspasada a la gran pantalla por obra y gracia del director y actor Clint Eastwood. La obra literaria nos dejó a los lectores, sobre todo, a aquellos que adoramos el género romántico, ojipláticos, y ahí no terminó todo, pues, posteriormente, la película nos sedujo y ¡de qué manera! No hay duda de que el filme hace más que merecida justicia al libro de Waller. ¡Qué maravilla!

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Una sublime y sensible dirección a órdenes del gran Eastwood, un guión de Richard LaGravenese, una banda sonora original compuesta por Lennie Niehaus y una protagonista femenina de la altura y caché de Meryl Streep hicieron las delicias de cualquier cinéfilo amante del amor más intenso en todos los sentidos y sus devastadores, instintivos o racionales, efectos. Este trabajo cinematográfico es, simple y llanamente, perfecto. Espero que, con el tiempo, se convierta en un clásico por excelencia o en una inolvidable película de culto que generaciones futuras puedan disfrutar y cuestionarse… ¿en verdad puede existir algo así en nuestras vidas reales o tan solo nos muestran un amor de cine? 

Hoy no solo quiero hablarles de la película en sí, que tiene miles de críticas y reseñas hechas en su honor en internet. Deseo reflexionar, si me lo permiten, sobre lo que acontece en la trama. Si se pusieran en la piel de Francesca… ¿hubieran renunciado al amor por la familia? Si es verdad que “esa clase de certeza solo se presenta una vez en la vida”, ¿habrían dejado escapar la oportunidad o piensan que la oportunidad de amar y ser correspondido estaba reducida a esos cuatro días porque de otra manera, la esencia se habría esfumado con la rutina? No sé ustedes pero una servidora ha visto como unas veinte veces esta película y, sinceramente, tengo que decirles que unas veces me vislumbro haciendo lo que hace Francesca, y otras, en mi imaginación, abro la puerta de esa furgoneta y echo a correr hacia donde está Robert. A veces, solo a veces, grito a Francesca “¡escapa!” y otras, sin embargo, pienso “¡quédate!” (te vas a arrepentir si no lo haces, tarde o temprano). Es humano, supongo, en esa escena, cambiar de parecer. Por otra parte, su marido es un buen hombre, no parece teletransportarla a África en la intimidad, pero, a su manera, la quiere. ¿Y sus hijos? Una edad horrible para abandonarlos; las cosas, como son. Francesca podría haber destrozado a su familia en pro de su propia felicidad y, sin embargo, el deber como madre y esposa, la responsabilidad para con los suyos prevalece y es admirable, la verdad. Por una parte, el espectador, ve sacrificio, pero por otro, quizás, la mejor opción. ¿Puede ese amor y esa pasión concentrada en cuatro días durar eternamente? Pudo, ocurrió, ese amor, ese sentimiento se mantuvo vivo, pero sin que ninguno de los dos amantes renunciara a su forma de vida (familia y libertad), sin arrepentimiento, sin culpabilidad… estos sentimientos dañinos, a la larga, habrían destruido lo que de sincero sentían el uno por el otro.

Me gusta cómo él respeta la decisión de ella, pero no se rinde a la primera de cambio. Robert intenta que Francesca cambie de opinión por sí sola, pero al no lograrlo, él se retira dignamente. No hay amor más grande que el respeto, la no imposición de la voluntad de uno en otra persona. El hecho de que finalmente él entregue todas sus posesiones materiales al dejar este mundo, indica que ella estaba presente en él. No se olvidó de ella jamás. Fue una bonita manera de mostrar a Francesa que hasta su último aliento, ella estuvo presente en su existencia.

Destaco y valoro muy positivamente que tanto el escritor del libro como el director de la película sean hombres porque eso quiere decir que la sensibilidad y el concepto del verdadero amor pueden sentirlo, experimentarlo y expresarlo ambos sexos con la misma perfección de matices y detalles. Ambos supieron “relatar” al mundo algo precioso que mucha gente no logra vivir en toda su vida, por movida y popular que esta sea. Triste realidad, sin embargo, para eso existen los libros y el Séptimo Arte, para deleitarnos con belleza en todos los sentidos, esa de la que el mundo cada vez más carece. No hay costumbre de vivencias realmente bellas y profundas, y parece que tampoco se dedica el tiempo que requieren. ¡Vivir mucho y deprisa! Un gran número de  personas quieren sentir la adrenalina, arriesgan sus vidas con un parapente, bajan rápidos de agua, ponen su coche a 300 Km/h., se lanzan al vacío desde un puente bien alto, escalan el Everest… pero muy pocos se arriesgan, muy pocos gozan de la valentía hoy día para luchar por el bien más preciado de todos: el amor. Este sí que merece un salto bien grande, y sin chaleco salvavidas… ¡y no hay cojones! Justificamos la no durabilidad del amor, nos agazapamos en excusas como la rutina y la monotonía, y lo que existe realmente, es un miedo atroz a un compromiso que nos inunde, y que nos agite corazón, alma, cuerpo y mente sin tener que pagar una actividad multiaventura. Cuando tenemos algo bueno y de verdad, lo soltamos como si quemara cuando es ese ardor el que engrandece y da valor auténtico a nuestro paso por este planeta. Así es de estúpido el ser humano, que nunca sabe lo que tiene ni lo que quiere, y para reducir esa estupidez está la Literatura y el Cine, afortunadamente.

Muchísimas gracias por su fidelidad y atención.

Un afectuoso saludo y hasta la próxima entrada.

Gema María Gómez del Barco – De la mano del Séptimo Arte

“Si he hecho algo que te haya hecho pensar que lo que nos ha pasado no es nuevo para mí, que solo es una rutina, sí te pido disculpas.” (Robert Kincaid) 

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Acerca de gema82

Soy una apasionada del 7º Arte, una enamorada de la la fotografía en las películas, de las grandes bandas sonoras y por supuesto de los excelentes actores y actrices que hacen que las historias se tornen realidad ante nuestros ojos.
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