Ciclo Chocolat CXIV: Una crítica personal de película: “Un tranvía llamado Deseo” (Elia Kazan, 1951).

Buenos días, tardes o noches, mundo. Tras demasiado tiempo de ausencia en este personal blog de cine, vuelvo a aparecer, esta vez, con un clásico de lujo, en vez de con un estreno de cartelera.

Confieso que es la primera vez que veo este peliculón, y ya tenía ganas, la verdad. La curiosidad me podía porque las críticas que había leído de siempre eran magníficas. Hubo un tiempo en el que los clásicos de cine no estaban al alcance del ciudadano, si es que este ciudadano no tenía la edad suficiente como para poder haber sido ese afortunado o afortunada que podía verlos cuando se estrenaban en los cines, en este caso, por allí por los 50. No había, hace unos años, tantos canales televisivos para visualizarlos cómodamente en el televisor de casa y la programación no se cubría con este tipo de cine tampoco. Las cosas, muchas veces, ocurren en el momento oportuno, ni antes ni después… y antes de ayer se cumplió uno de mis anhelos a las diez de la noche en La 2 de Televisión Española. ¡No me lo puedo creer! 😉

Qué reparto más maravilloso… Qué gran obra teatral homónima (‘A Streetcar Named Desire’) del dramaturgo Tennessee Williams convertida en una auténtica joya del cine clásico con mayúsculas. Qué buen resultado. Un jovencísimo Marlon Brando, en la piel del brusco y poco afable personaje descendientes de polacos, Stanley Kowalski. Su esposa, interpretada por Kim Hunter, ganadora del Óscar a mejor actriz secundaria, que encarna a Stella Kowalski, una ingenua mujer enamorada, pero no lo suficientemente ciega, por suerte. La peculiar Srta. Blanche DuBois… un complejísimo personaje repleto de matices y detalles, interpretado por la soberbia actriz británica Vivien Leigh, ganadora merecedora de su segunda estatuilla dorada por este espectacular trabajo. Para completar un magnífico reparto, contamos también con la presencia de Karl Malden, como el bueno (o flojo) de Mitch, afortunado él al ser reconocida su buena interpretación con un Óscar en la categoría de mejor actor secundario. Grande este mencionado cuarteto, la verdad.

Este clásico que me ocupa ante ustedes, obtuvo nada más y nada menos que doce nominaciones a los Premios Óscar. Tres de las estatuillas doradas fueron para una parte importante del reparto, tal y como les mostraba en el párrafo anterior. La cuarta y última estatuilla otorgada fue a parar a la categoría de diseño artístico y decorados, para Richard Day.

Me quiero centrar en la trama, que tiene mucha miga. Dos hermanas… una casada (Stella) y esperando un hijo de Stanley, descendiente de inmigrantes polacos, violento, maleducado, desagradable, sin poder adquisitivo, y dado a la bebida y a la agresión estando ebrio… sin embargo, joven y muy agraciado, tanto de cuerpo como de cara. La otra hermana, Blanche, la mayor, profesora de gramática de Secundaria, viuda joven de un homosexual que se suicida, con cierta tendencia a la bebida y una mala reputación iniciada a partir de la pérdida de sus posesiones materiales por una mala gestión administrativa de sus antecesores y por ciertos escarceos sexuales, primero con un alumno, y luego, tras su despido de la escuela, con otros hombres desconocidos. El cuarto en discordia es Mitch, un hombre trabajador y caballeroso, que convive con su madre moribunda. Este es compañero de trabajo de Stanley y suele participar en las timbas de cartas que el mismo Stanley organiza en su propia casa.

Ninguna de las dos mujeres, ninguna de las dos hermanas, lleva una vida feliz por diferentes y numerosos motivos. Ninguna de ellas ha tenido la suerte debida, o quizás, no la buscaron como debían. Todo depende de la visión particular del espectador. ¿Por qué el personaje de Blanche es el que más llama la atención? Porque es el de una mujer muy atípica para la época, pero todas sus preocupaciones son comprensibles. Le preocupa la reputación que no supo cuidar y por la que ahora es juzgada o repudiada o no respetada. Le preocupa su edad. No quiere que su rostro sea visto a la luz ya que las arrugas le dificultan la conquista. Es una mujer madura que siente deseo, pero no se le permite alardear de él, no se le permite coquetear porque ya no tiene veinte años. Vemos ante nosotros, con cierta pena, la situación tan dramática de una mujer de los años 50, que no tiene ni oficio ni beneficio… ni un hombre que pueda quererla, desearla y mantenerla económicamente. Simula la pureza donde ya solo queda vergüenza. Simula la juventud donde ya solo quedan arrugas. Busca al hombre caballeroso, al amable, al atento, a aquel que la adore, y parece ser tarde para ella. Ya no todos resultan amables. Ya no todos la hacen sentir complacida. Ya no es su momento. Vemos con expectación y rabia la dependencia y la desdicha de una mujer que lo tuvo todo y lo perdió. Se le pasó la primavera, y el arroz. Una mujer perdida, una loca… el resultado de una vida alejada de los cánones sociales, de lo tradicional y correcto.

Stanley, por su parte, tiene su merecido en la película. Desde mi punto de vista, el argumento es justo y cada cual se lleva lo que merece o lo que necesita. El personaje de Stanley encarna un perfil de hombre que hoy calificaríamos de «manipulador» o de «maltratador físico y psicológico». No se comporta como un buen hombre ni con su esposa ni con su cuñada. No respeta la fidelidad. Resulta violento, entrometido y bocazas, a mi juicio. Cojea en modales y en sentimientos. Bien hecho físicamente, pero, en definitiva, cae como un trozo de carne con patas. Su esposa Stella ve por fin las orejas al lobo y toma una decisión muy meritoria, sobre todo, para la época. Podría haber sido el personaje de una esposa sumida y resignada, y no. Al final, como mujer que se hace valer, da la talla. Por otra parte, nos encontramos con Mitch, un opuesto a Stanley, un hombre no tan atractivo, pero bastante más cabal, aunque le falla su cobardía, su poca personalidad, su desinfle ante el qué dirán. Se deja llevar por las habladurías y no por el corazón. Se arrepiente y actúa, pero ya tarde. Podría haberla salvado de la frialdad e intolerancia del mundo, pero ella ya va camino del sanatorio mental…

En este magnífico clásico, toma especial relevancia la puesta en escena… las expresiones, los gestos, las miradas, y un guion que lo explica todo… Maravilloso trabajo en su totalidad. Sí, Blanche coge un tranvía llamado Deseo en verdad para llegar a la casa de su hermana en Nueva Orleans, pero a la par, el deseo es ese inconfesable personaje fantasma en la trama, omnipotente, ante el cual se doblegan varios personajes. Deseo como una virtud humana en ellos. Deseo como la infernal perdición para ellas. Otra época, otras ideas, otras marcas sociales.

Sin más dilación, califico «Un tranvía llamado Deseo» con un merecidísimo 8’5/10. Me encantará volver a verla para valorar algún detalle más que se me haya escapado. Es una película de lo más completa. Ya me hubiera gustado poder admirarla cuando se estrenó por vez primera en un cine madrileño o cuando fue su estreno en el escenario del teatro Shubert, en New Heaven, el 3 de diciembre de 1947. No pudo ser. Nací tarde para esto. Qué le vamos a hacer.

No es de extrañar que se considere ‘A Streetcar named Desire’ la obra maestra del gran y evolucionado Tennessee Williams, todo un cirujano de los complejos, traumas y realidades cotidianas del género humano de su época. Cada personaje es un imantado maremágnum de vida que da ganas de analizar, de despojar de capas como a una cebolla, para darnos de cara con la verdad. Siempre hay algo oculto que florece y que se desvela dejando al desnudo al personaje.

Un clásico muy, muy recomendable, sin duda. Por muchos tranvías más, se llamen como se llamen. «Amor» sería un buen nombre, por aquello de darle un potente giro a la trama.

Mil gracias por su lectura y atención. Hasta próximamente.

De la mano del Séptimo Arte

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Acerca de gema82

Soy una apasionada del 7º Arte, una enamorada de la la fotografía en las películas, de las grandes bandas sonoras y por supuesto de los excelentes actores y actrices que hacen que las historias se tornen realidad ante nuestros ojos.
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